El hombre fue al cementerio a visitar a su hijo fallecido, pero se sorprendió al verlo colocando flores en su propia tumba…

Al acercarse a la parcela donde la lápida, grabada en oro, decía «Bernardo, Hijo Amado», Gaspar se detuvo bruscamente. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.

Alguien estaba allí.

Y no cualquiera.

Un niño.

Gaspar se escondió instintivamente detrás de un viejo roble, respirando con dificultad. El niño le daba la espalda: pequeño, con el pelo rubio despeinado, con ropa demasiado grande y visiblemente sucia. Pero lo que le heló la sangre a Gaspar no fue su apariencia, sino lo que hacía. El niño sostenía un pequeño ramo de flores silvestres, probablemente recogidas cerca, y las depositó con reverencia sobre la tumba.

El niño se arrodilló. Gaspar vio cómo sus pequeños hombros temblaban.

Él estaba llorando.

Un grito silencioso y profundo, de esos que sólo conocen aquellos que realmente han perdido el rumbo.

“¿Quién eres?” susurró Gaspar para sí mismo, incapaz de moverse.

El viento levantó el cabello del niño, y cuando se giró ligeramente para secarse las lágrimas, el mundo de Gaspar se detuvo.

El tiempo fracturado.

Esos ojos. Esa nariz. La forma en que se mordía el labio inferior.

Era imposible. Una locura nacida de la desesperación.

Y sin embargo, cada célula del cuerpo de Gaspar gritaba un nombre:

Bernardo.

 

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