El hombre fue al cementerio a visitar a su hijo fallecido, pero se sorprendió al verlo colocando flores en su propia tumba…
El niño acarició la lápida, murmurando palabras que el viento se llevó antes de que Gaspar pudiera oírlas. Luego se levantó, lanzó una última mirada triste a la inscripción con su nombre y comenzó a caminar hacia la salida opuesta del cementerio.
Gaspar salió tambaleándose de su escondite.
“¡Espera!” intentó gritar, pero su voz salió estrangulada.
El niño lo oyó, se giró y vio al hombre acercarse. El terror inundó su rostro. No había reconocimiento en sus ojos, solo puro miedo. Soltó las flores y echó a correr, a una velocidad sorprendente para alguien tan frágil.
—¡Bernardo! ¡Hijo! —gritó Gaspar, corriendo, ignorando el dolor en las piernas y la falta de aire.
Pero el chico era rápido y conocía los atajos. Se coló por un agujero en la valla oxidada de la parte trasera y desapareció entre las estrechas calles del barrio marginal que bordeaba el cementerio. Gaspar llegó a la valla, jadeando, agarrado a los fríos barrotes, con la mirada fija en el callejón vacío.
Regresó a casa como un fantasma.
Alejandra lo recibió en la puerta, notando inmediatamente su palidez y el temblor incontrolable de sus manos.
Gaspar, ¿qué pasó? Parece que has visto un fantasma.
Se desplomó en el sofá, cubriéndose la cara.
—Lo vi, Alejandra. Vi a Bernardo.
El silencio que siguió fue denso. Alejandra se sentó lentamente a su lado, con una expresión que oscilaba entre la preocupación y algo más oscuro que Gaspar aún no podía descifrar.
“Amor…”, empezó, acariciándole el brazo. “Sabemos que el dolor hace esto. La mente proyecta lo que el corazón anhela ver. Bernardo se ha ido. No hay cuerpo, lo sé, pero…”
—¡Estaba poniendo flores en su propia tumba! —interrumpió Gaspar, mirándola con ojos rojos pero feroces—. Tenía su cara, sus manos, su forma de caminar. Salió corriendo al verme. Alejandra, mi hijo está vivo. Lo siento en los huesos.
Ella lo abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello. Gaspar no vio el destello de terror que deformó su expresión a sus espaldas.
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—Descansa, por favor —susurró—. Mañana podemos ir juntos si quieres. Pero necesitas dormir.
Esa noche, Gaspar fingió dormir. Escuchó la respiración regular de Alejandra, pero su mente era un torbellino. No era locura. Sabía la diferencia entre el anhelo y la realidad. El niño tenía tierra bajo las uñas, el pelo sucio y un miedo propio de los vivos.
Si era Bernardo, ¿por qué huyó? ¿Por qué no lo recordaba?
Y lo más inquietante: si estaba vivo, ¿qué había pasado realmente aquel día en el puente?
Antes del amanecer, Gaspar salió sigilosamente. No despertó a Alejandra. Esta búsqueda tenía que ser solo suya. Se vistió, tomó una foto de Bernardo y se adentró en el amanecer azul negruzco. Una descarga eléctrica le recorrió la espalda: una advertencia primaria. Algo oscuro se había tejido en torno a la desaparición de su hijo, y estaba decidido a desentrañarlo hilo a hilo, aunque destruyera la poca paz que le quedaba.
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