El nieto empujó a su abuela al lago, sabiendo perfectamente que no sabía nadar y que le tenía miedo al agua, solo por diversión: los familiares estaban cerca y se reían, pero ninguno de ellos podía imaginar lo que haría esa mujer en cuanto saliera del agua.

Finalmente, logró agarrarse al borde del muelle, apoyó los codos y, con dificultad, logró salir. Se quedó tendida sobre las tablas, respirando con dificultad, con el agua goteando de su cabello y los labios temblorosos.

Las risas se fueron desvaneciendo poco a poco.

Se puso de pie. Los miró fijamente durante un largo rato, sin gritar, sin histeria. Solo una mirada sin lágrimas ni súplicas.

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