Durante varios segundos, nadie se movió en el pasillo.
La música del salón seguía sonando, absurdamente alegre en contraste con el silencio que se había apoderado de la casa. Dean permanecía de pie junto a la puerta del dormitorio, como si intentara contener las náuseas. Travis lo miró parpadeando, primero irritado, luego receloso.
—¿Qué te dijo? —espetó Travis.
Dean no respondió.
En cambio, miró hacia el comedor, donde las cartas, las botellas de cerveza vacías y el dinero seguían esparcidos sobre la mesa. Luego se volvió hacia Travis y dijo en voz muy baja: —Estás loco.
Naomi salió de la habitación.
No parecía una mujer que acababa de ser acorralada. Tenía el rostro pálido, sí, pero sereno. Controlado. Una mano aún sostenía el teléfono.
—Todos deberían irse —dijo.
Nadie protestó. La energía en la casa había cambiado tan radicalmente que incluso los invitados más ebrios comprendieron que algo peor que una simple discusión matrimonial acababa de estallar. La gente se puso los abrigos, evitó el contacto visual, murmuró excusas incómodas y se dirigió a la puerta principal. En dos minutos, solo quedaban cuatro: Naomi, Travis, Dean y una mujer de la fiesta llamada Claire, que se había quedado en silencio junto a la entrada de la cocina con el teléfono en la mano, como si estuviera lista para pedir ayuda.
Travis señaló a Dean. «¡Di algo!».
Dean apretó la mandíbula. «¿De verdad no te acuerdas?».
«¿Recordar qué?».
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