Entre la expectativa y la supervivencia

Un encargo. Luego otro. Luego más. Las manos que tanto habían remendado el dolor empezaron también a remendar la vida. Y cuando el verano llegó, con la niña dormida a la sombra y Elías tallando una segunda figurita de madera junto al porche, Mariana entendió por fin algo que el miedo le había impedido ver durante demasiado tiempo:
algunas mujeres no encuentran el amor en las promesas brillantes, sino en los actos pequeños que se repiten todos los días sin pedir aplauso.
En la sopa caliente.
En la leña partida antes del amanecer.
En una mano tendida al bajar de la carreta.
En un hombre que no pregunta cuánto vales, sino si tienes frío.
Una tarde, mientras la luz dorada caía sobre el claro y Esperanza dormía en la cuna, Mariana apoyó la cabeza en el hombro de Elías.
—Aquella noche, en la estación… cuando me dijiste que ya no estaba sola… ¿lo sabías?
—¿Qué cosa?

 

 

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