La sala quedó en un silencio sepulcral. Algunas mujeres intercambiaron miradas incómodas; otras esbozaron sonrisas de superioridad. Sentí que me subía el calor a las mejillas, el escozor de una humillación pública que no merecía. Pero no cogí la fregona. No discutí.
En cambio, con calma, metí la mano en mi bolso y saqué el sobre que había llevado conmigo toda la tarde.
LA SEDA Y LA SOLEDAD
En la despedida de soltera de mi futura nuera, esperaba el típico ambiente de conversaciones incómodas, el tintineo de las copas de mimosa y las sonrisas educadas y distantes que caracterizan la unión de familias. Lo que no esperaba era irme con la duda de si mi hijo, Daniel, conocía realmente a la mujer con la que estaba a punto de jurar lealtad.
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