Se sentó en el borde de la inmensa cama, tallada en madera oscura, apretándose las sienes con sus finos dedos extendidos. El dolor no era solo un dolor de cabeza; era una oleada lenta y pesada que se extendía por su cráneo, como si alguien en su interior resonara campanas invisibles. Doña Margarita Andrade, madre del famoso multimillonario Alejandro Romero, llevaba semanas sufriendo ataques que la dejaban gimiendo al amanecer, incapaz de encontrar descanso en ninguna posición.
Los mejores médicos de la Ciudad de México habían desfilado por esta casa en Las Lomas: neurólogos, cirujanos, terapeutas. Todos examinaban los resultados, fruncían el ceño y repetían las mismas frases como si leyeran un guion.
—La tomografía computarizada está perfecta.
—Los análisis son impecables.
—La presión arterial… mejor que la de una mujer de veinte años.
Y sin embargo, el dolor era tan brutal que, a veces, doña Margarita perdía el conocimiento, pálida, como si la vida se le escapara en silencio.
Alejandro, acostumbrado a resolver cualquier problema con dinero, contratos, contactos o tecnología, se derrumbaba por primera vez. Había traído especialistas de Japón, Alemania y Suiza. Había comprado medicamentos y terapias raras que costaban más que una casa. Incluso había ordenado convertir el ala norte de la mansión en un minihospital: máquinas, monitores, camas de hospital.
Nada ayudó.
La enfermedad —o lo que fuera— vivía en la mente de su madre como una sombra que no podía desaparecer.
Esa noche, una de las peores, Alejandro se sentó junto a la cama, sosteniendo la mano fría de doña Margarita. Ella respiraba con dificultad, sus labios estaban casi descoloridos. Sus ojos temblaban cada vez que el dolor regresaba como un golpe.
Alejandro tragó saliva mientras miraba el rostro de su madre.
"Mamá... aguanta, por favor", susurró. "Ya viene el doctor... ya viene..."
Pero él mismo no lo creyó.
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