Le di mi bufanda y mis últimos 100 dólares a una chica que temblaba de frío en la estación de tren, pensando que jamás la volvería a ver. Pero cuando subí al avión, ¡allí estaba, en primera clase! "¿Qué significa esto?", le pregunté, y su respuesta me dejó atónita.
Me paré frente a una larga mesa de conferencias de cristal, frente a doce miembros de la junta directiva que me observaban con expresiones que podían congelar la lava.
Respiré hondo y pasé a la primera diapositiva.
"Buenos días", comencé. "Me llamo Erin, y estoy aquí porque creo que ningún joven debería terminar en la calle, luchando por sobrevivir".
"Creo que ningún joven debería
terminar en la calle".
Algunos intercambiaron miradas escépticas.
Continué de todos modos, con la voz cada vez más firme.
"Mi proyecto es un programa de apoyo transitorio para adolescentes que salen del sistema de acogida. Nos centramos en proporcionarles una vivienda temporal segura, preparación para el empleo y mentoría a largo plazo".
Hice una pausa, esperando que alguien mostrara interés.
Nada. Esto no iba bien.
Esto no iba bien.
Continué con mi presentación, mostrando diapositivas con historias de éxito, proyecciones presupuestarias y testimonios de jóvenes que habían participado en nuestro programa.
Finalmente, pasé a la última diapositiva y bajé el control remoto.
"Solicito financiación inicial para ampliar nuestro programa piloto de 30 a 200 jóvenes. Con su ayuda, podemos darles a estos jóvenes la oportunidad de triunfar en la vida".
Uno de los miembros de la junta se aclaró la garganta.
Continué con
mi presentación.
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