“Ocho años después de la desaparición de su hija

Daniel asintió.

—Está viva. Y es fuerte. Muy fuerte.

La había visto por última vez dos meses antes. Sofía, ahora una joven de dieciocho años, trabajaba como asistente en una clínica comunitaria. Teresa había fallecido el año anterior y, antes de morir, lo confesó todo. Le dijo a Sofía que no era su hija biológica, que la había encontrado en la playa de Puerto Vallarta y que había tenido miedo.

—Sofía estaba muy enojada —dijo Daniel—. Pero también la perdonó.

Cuando Elena escuchó eso, supo que su hija seguía siendo la misma niña de gran corazón.

Esa misma tarde fueron juntos a la clínica.

El viaje parecía interminable. Elena aferraba un rosario entre los dedos. Temía que todo fuera un sueño cruel. Temía que Sofía no la reconociera. Temía que Sofía no quisiera verla.

Al entrar, una joven de cabello oscuro y trenzado levantó la vista del mostrador. Sus ojos se iluminaron al ver a Daniel.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con una sonrisa.

Luego miró a Elena.

El tiempo se detuvo.

Elena no dijo nada. No podía. Dio un paso al frente. Sofía la observó atentamente, como si algo antiguo despertara en su interior. Vio las manos temblorosas, los ojos llenos de lágrimas, el rostro marcado por los años.

—¿Mamá? —dijo casi sin darse cuenta.

Elena presionó una mano sobre su pecho y cayó de rodillas.

No hicieron falta exámenes, papeles ni largas explicaciones. Se abrazaron como si el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Lloraron juntos, rieron juntos, temblaron juntos.

Hablaron durante horas. Sofía contó su vida. Elena contó la suya. Hablaron de Javier, del pan dulce, de Roma Norte, de las búsquedas, de las noches de oración.

Sofía sacó de su mochila un objeto pequeño y desgastado: una muñeca de tela.

—Lo encontré años después —dijo—. Siempre supe que tenía otra vida antes. 

 

 

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