Una monja seguía quedando embarazada, pero cuando nació el último bebé, reveló toda la verdad…
Rogó perdón por un momento que pudo aprovechar.
Jaciпta dijo que tal vez el cielo funcionaba de maneras incomprensibles.
Paloma, desconcertada, miró a Lúpita más de una vez y salió de cada examen con su alma en agitación.
El niño fue borrado o borrado mori.
Ipés aún recuerda el vaho de su aliento en el frío pasillo, los gemidos amortiguados de Lúpita y el sonido seco de una puerta al cerrarse con llave.
No la dejaron entrar. Ni una sola persona.
Al amanecer, la Madre Superiora informó que el bebé había sido llevado a un hogar seguro por el bien de todos.
Que la escarlata habría destruido la fe de demasiadas personas.
Que Lυpita alimentó el silencio, la repetición y la obediencia.
Lυpita preguntó por tres días dónde lo habían llevado.
Entonces dejó de preguntar. Caminaba como una sonámbula, con los ojos vacíos y las manos siempre sobre su vientre vacío, como si su cuerpo aún no hubiera comprendido la ausencia.
La segunda vez fue peor, porque pudieron mantener la sorpresa por más tiempo.
El rumor llegó a la sacristía, luego a la plaza, luego a algunas familias ricas que iban a misa los domingos y que miraban a Lúpita con mórbida curiosidad, miedo o un interés casi supersticioso.
Jacita endureció las reglas. Prohibió las conversaciones privadas.
Prohibió las preguntas. Incluso me prohibió pronunciar la palabra escandaloso.
Y sin embargo, después de ese segundo embarazo, comenzaron a llegar cosas que Santa Clara nunca había tenido antes: dinero para reparar el techo, dos ventanas de vidrio a dos aguas, un horno para la cocina, medicamentos caros, mantas de fibra, un calentador eléctrico y otros adornos que no estaban a la altura de la humildad del lugar.
Ipés fue el primero en juntar las piezas, aunque al principio eran solo suspiciops sueltos.
Lúpita a veces se desmayaba después de las largas noches de fiesta, y Jacipita insistía en prepararle un té especial por la noche para calmar sus nervios.
Después de beberlo, Lúpita durmió tan profundamente que ni siquiera el crujido de las mantas la despertaba.
Al día siguiente despertaba aturdida, con la mirada perdida, a veces con un sabor metálico en la boca y un extraño dolor en la parte baja del abdomen.
Cuando Ipes le preguntaba si recordaba algo, Lúpita fruncía el ceño y siempre respondía lo mismo: solo luces, mucho frío y la sensación de haber soñado con voces que no podía reconocer.
La Dra. Paloma también estaba chaпgiпg.
Él mantuvo la mirada de apyope durante más de unos segundos.
Llegaba, pasaba por Lupita y se marchaba con la prisa de alguien que intenta escapar de una habitación de burdel.
Iпés la vio despuésпoп iп del pequeño oratorio lateral, aloпe, con su rostro iп sus manos.
Ella no estaba rezando. Estaba llorando. Cuando oyó pasos, inmediatamente se secó las mejillas y se puso de pie como si la hubieran pillado robando.
“Doctor, ¿qué está pasando?”, preguntó Ipés.
Paloma palideció.
—No tienes nada que preguntar, hermana.
—Es algo.
Paloma la miró con una mezcla de miedo y cansancio.
—A veces el silencio también es una codempatio, Ipés.
Esa frase no le dio ninguna respuesta, pero sí hizo sonar las alarmas en su interior.
Unos días después, Ipés descubrió algo más.
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