Una monja seguía quedando embarazada, pero cuando nació el último bebé, reveló toda la verdad…

Ella regresaba de dejar caer unas sábanas en el lavadero cuando escuchó un ruido sordo bajo sus pies, como si un pesado mueble estuviera siendo arrastrado por el suelo.

La tierra provenía de la parte antigua del cobertizo, un lugar que había estado cerrado durante años, donde solía funcionar un pequeño hospicio ordenado por la orden.

La puerta estaba fuera de los límites. Jacita dijo que las filtraciones habían hecho que el sótano fuera inseguro.

Pero el olor que escapaba de la parte superior era de humedad o descuido.

Era para productos clínicos, para la defección, para un lugar que alguien usó.

Esa noche, no pude dormir.

Esperó hasta que los demás se reunieron y recorrieron el pasillo descalzos y mojados.

Al abrirse paso a través de la puerta, vio un rayo de luz sobre la puerta sellada.

No oía oraciones. Oía ruedas.

Y una voz masculina, distante, amortiguada, imposible dentro de un cobertizo donde, según Jacita, estaba enterrado.

Al día siguiente buscó los antiguos planos del edificio en el archivo parroquial.

Le llevó dos horas encontrarlos, escondidos entre archivos húmedos y libros de inventario.

Entonces lo vio: debajo de la vieja peluca había un pasadizo construido décadas atrás para conectar el hospicio con una casa médica adyacente que ya no pertenecía oficialmente a la Iglesia.

El rastreo del lado oculto figuraba como cerrado.

El OE del otro ePD, según un sello de recibo más, había sido reacondicionado por una fundación privada de salud reproductiva.

Ipés tuvo que sentarse porque sentía que sus piernas le fallaban.

Después de eso, lloró directamente a Lúpita.