Parte 2 :
En menos de diez minutos ya iban rumbo al hospital del pueblo en la camioneta vieja. Lucía, terco reflejo de su padre, se negó a quedarse sola.
En la sala de espera, las luces blancas les dejaron la cara pálida y el corazón apretado. Lucía tomó el brazo de Mateo.
—Va a salir bien.
—Sí —respondió él, aunque la palabra le pesaba.
El bebé nació a las cinco cuarenta y dos de la mañana. Niño. Cuando la enfermera salió a avisar que ambos estaban bien, Lucía sonrió con triunfo.
—Yo sabía.
A Ana le permitieron ver primero a Mateo. Él entró despacio. La encontró agotada, sudorosa, con el cabello pegado a la frente y una paz nueva en la cara. El bebé dormía envuelto en una cobijita rayada.
Mateo no dijo nada. Se quedó quieto mirándolos, como si le faltaran palabras y le sobrara verdad.
Cuando pasó Lucía, tomó al recién nacido con una solemnidad que no parecía propia de sus diez años.
—Parece un Pedro —dijo.
Ana rió, cansada.
—¿Pedro?
—Sí. Es nombre fuerte.
Y así se llamó.
Volvieron al rancho convertidos en algo que todavía nadie se atrevía a nombrar. Lucía aprendió a cargar a Pedro, a reconocer sus llantos, a mecerlo con un movimiento exacto. Ana, aunque agotada, se veía más ligera. Mateo observaba desde la puerta, desde el corredor, desde el borde de todo. Nunca en el centro. Pero cada vez más cerca.
Una tarde, una semana después, Lucía estaba acomodando la cobija de Pedro en el sofá. Ana la ayudaba. Sin pensar, la niña soltó:
—Mamá, sujétale aquí la cabeza…
El silencio fue inmediato.
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