Una mujer embarazada apareció en la puerta del rancho pidiendo una sola noche de refugio… el granjero estaba por cerrarle la puerta, hasta que algo en ella lo detuvo.
Lucía se quedó roja. Ana la miró como si le hubieran abierto una herida y se la hubieran curado al mismo tiempo. Mateo, que fingía revisar unas cuentas, se levantó con los ojos brillosos.
—Voy al corral —murmuró.
Salió porque no supo hacer otra cosa.
En el corral entendió que no sentía traición. Sintió continuidad. La vida no estaba borrando a su esposa muerta. Estaba haciendo espacio para alguien nuevo.
Esa noche, bajo la luz fría de la luna, se sentó con Ana en el corredor.
—Nunca le había dicho así a nadie —murmuró.
—Lo sé.
Mateo la miró de frente, sin desviar los ojos por primera vez.
—No sé hacer esto bien. Hace mucho que no sé.
Ana apretó la taza entre las manos.
—Yo tampoco. Pero también lo estoy intentando.
Pasaron los meses. El cariño entre ellos creció como crece el maíz: primero por debajo de la tierra, donde nadie lo ve, y luego un día ya está alto. Mateo se quedaba más rato en la mesa después del desayuno. Ana le ponía el plato y a veces le dejaba la mano un segundo más en el hombro. Lucía dejó de subir al jacarandá para pensar y volvió a subir solo porque le gustaba.
Entonces Ana volvió a quedar embarazada.
Cuando se lo dijo a Mateo en la huerta, él guardó silencio tanto que a ella se le heló el pecho. Pero al final dio un paso adelante, le tocó la cara con la mano llena de tierra y dijo:
—Está bien. Todo está bien.
Ella lloró de alivio, y él la abrazó en medio de los surcos recién sembrados.
Pero el miedo volvió. Mateo empezó a encerrarse otra vez en sí mismo. Había perdido a su esposa al dar a luz años atrás, y la idea de volver a pasar por eso le apretó el alma como un puño. Lucía fue quien lo enfrentó.
Lo encontró arreglando una bisagra del granero.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Mateo tardó en responder.
—Sí.
Lucía puso su mano pequeña sobre el brazo de él.
—Ana no es igual. Y eso no está mal. Ahora no hemos perdido nada, papá. Todo está aquí.
Aquella noche, Mateo abrió la gaveta donde guardaba la foto de su primera esposa. La miró largo rato. Después volvió a guardarla con cuidado.
—No te estoy reemplazando —susurró—. Estoy continuando.
Salió al corredor. Ana ya estaba allí. Él se sentó a su lado y, por fin, habló de su miedo. Habló de la pérdida, del dolor, de la cobardía de esconderse detrás del trabajo.
Ana lo escuchó hasta el final.
—Yo también tengo miedo —admitió ella—. De ser demasiado. De haber llegado con una maleta, una barriga y demasiada carga.
Mateo negó despacio.
—No llegaste pesada. Llegaste a tiempo.
Le tomó la mano. Y esta vez, cuando la apretó, ambos supieron que ya no estaban improvisando una familia. Ya la eran.
La segunda bebé nació en octubre, cuando los jacarandás pintaban de morado el camino. Fue niña. Mateo estuvo dentro del cuarto del hospital. La vio llegar al mundo con el corazón abierto de par en par.
—Clara —dijo Ana, agotada, al verla.
—Clara —repitió él.
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