Compré la casa de la playa en Cádiz seis meses después de que mi marido, Javier, falleciera repentinamente de un infarto. No fue una decisión impulsiva; vendí el piso grande que ya no necesitaba y usé parte de su herencia para empezar de cero en un lugar más tranquilo. Siempre habíamos soñado con despertarnos con el sonido del mar, pero al final, fui yo sola quien cruzó aquella puerta blanca que olía a sal y madera húmeda.
Hasta que sonó el teléfono.
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