Criar hijos nunca ha sido una tarea sencilla, pero entender a quienes nacieron entre 1980 y 1999 —esa generación que hoy ronda entre los treinta y cuarenta y tantos años— puede sentirse, para muchos padres, como descifrar un idioma a medias conocido. No son adolescentes, ya no son jóvenes “en formación”, pero tampoco encajan del todo en los moldes con los que crecieron sus padres. Son adultos funcionales, sí, pero cargan preguntas profundas, contradicciones internas y una forma muy particular de mirar el mundo.
Muchos padres se preguntan por qué sus hijos parecen tan exigentes consigo mismos, tan sensibles a la frustración, tan deseosos de encontrar sentido en todo, incluso en el trabajo o en las relaciones. A veces los ven como demasiado intensos; otras, como excesivamente críticos del sistema, de la familia o incluso de ellos mismos. Comprenderlos requiere algo más que etiquetas generacionales. Requiere mirar hacia adentro, a la psicología profunda, a esas capas invisibles que moldean la personalidad.
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